LA ESCUELA DE ENOLOGIA DE FALSET

En el 1982, cuando obtuvimos el permiso para dar los cursos de grado superior de Viticultura y Enología, nos entregamos de lleno. Y durante el curso siguiente ya tuvimos más alumnos inscritos. Además de los chicos y chicas de la comarca y comarcas vecinas, vinieron muchos chicos hijos de cavistas del Penedés. En primer lugar, para nosotros aprender la especialidad lo más rápidamente posible, nos desplazó un par de veranos a Burdeos, para conversar con profesores de la Universidad de Enología y visitar las Estaciones Enológicas, hablar y preguntar a los técnicos de la región a fin de captar la dimensión de esta especialidad y los parámetros que la definían. Sobre todo, la importancia de la calidad de los vinos y cómo ésta define los precios. Todo esto respecto al elaborador del vino, ya que es lo que a nosotros nos interesaba. Debíamos tener claro como teníamos que trabajar para ser unos enólogos excelentes y a partir de esta premisa, poder transmitirlo a los estudiantes. Nos teníamos que ceñir a las materias que decía el programa, eso era evidente, pero yo quería algo más, basándome en el principio de Confucio “aprendo cuando lo hago”.  Este principio ya lo apliqué en Viaró, pero allí teníamos el presupuesto suficiente para hacer posible que los alumnos dispusiesen del material, las herramientas y los aparatos para poder “aprender haciendo las cosas”. Pero en el colegio de Falset, teníamos que espabilarnos, alumnos y profesores, ya que el presupuesto de nuestro departamento no contaba con los elementos básicos, para poder “hacer”, lo que era indispensable para aprender. Una vez tuve claro que no podíamos confiar solo con el presupuesto del colegio, me decidí a buscar los medios económicos a partir de las prácticas que haríamos durante el curso. Una de las cosas que hicimos fueron los Trebajos de Investigación. La Consejería de Educación convocaba cada año un concurso de investigación escolar, los premios CIRIT, con recompensas en metálico. ¡Eso fue extraordinario, porque con un tiro matábamos dos pájaros! Cuando daba clases y salía un tema del que podíamos sacar una experiencia, la planteábamos y se otorgaba a un grupo de dos o tres estudiantes que tuviesen cierto interés. De esta forma, cada curso hacía distintas experiencias y toda la clase las entendía, porque visualizaban los resultados. Cada año presentábamos tres o cuatro experiencias y las que teníamos la suerte que salían premiadas, eran dinero que nos servía para engrandecer la caja del departamento. Lo hicimos durante 5 años y en total presentamos 15 trabajos de investigación, de los cuales 7 fueron premiados. Estos premios se entregaban en el Palacio de la Generalitat e íbamos alumnos y profesores a recogerlos. Fue muy importante porque los chicos estaban muy motivados y la consecuencia fue que el aprendizaje era mucho más efectivo. Otra cosa que hicimos fue ir a podar a jornal. Vino el tiempo de poda y pensé aprovechar la ocasión para que los alumnos aprendiesen a podar, podando. Contacté con el propietario de un viñedo y le propuse podarle la finca con los alumnos, a un precio razonable y yo me comprometía a estar siempre presente, enseñándoles y haciendo el seguimiento. Le pareció bien y lo hicimos un par de años. La tercera actividad tractaba de elaborar un vino, embotellarlo y venderlo. Eso representaba comprar la uva, entre los alumnos y profesores, y lo propusimos a los padres que lo encontraron muy positivo. Así, además de hacer la práctica de la elaboración, también practicarían el concepto comercial. Aprovechando que teníamos uva hicimos distintas experiencias de maceración carbónica, vino de aguja y otros. Los estudiantes estaban realmente motivados y en las clases había muy buen ambiente, y eso hacía que aprendiesen muy bien. Aprovechando esa buena atmósfera, pensamos que sería interesante que visitasen las zonas vitivinícolas más importantes de Europa. I así lo hicimos, al final de curso i después de los exámenes, alquilábamos un autocar con chófer y ¡para Europa! Nos las arreglamos para que los viajes no nos costasen demasiado dinero, nos instalábamos en cámpings que para los chicos era mucho más motivador e informal, venía Rafel, un cocinero de Falset, que nos hacía las comidas. Cogíamos los utensilios de cocina de la residencia de la escuela y nos llevábamos los alimentos para una semana. Montse y yo preparábamos, meses antes, las visitas que haríamos a diferentes productores y bodegas o institutos vitivinícolas.  Eso lo hicimos 4 años, del 1984 al 1988. Y de esta forma visitamos las zonas de Burdeos, Borgoña, Champagne, la Escuela de Changins de Suiza, la Universidad Vitícola de Geisenheim en Alemania, Alsacia, Piamonte italiano, etc. Fueron unos viajes muy provechosos porque cada día hacíamos 3 o 4 visitas y los chicos llevaban un cuestionario preparado. Por la mañana el cocinero nos hacía el desayuno y nos daba un bocadillo para el mediodía. En terminar el día, volvíamos al cámping y el cocinero nos hacía la cena, luego, todos en círculo comentábamos las visitas hechas y las dudas que quedaban pendientes por preguntar al día siguiente.  Dos alumnos se encargaban de hacer un resumen de todas las visitas del viaje para repartirlo a todos. Fueron unos años muy intensos porque pude aplicar la didáctica que aprendí con el profesor Piaget, durante mis estudios en Suiza. Pero cuando la escuela pasó a depender de la Consejería de Educación se terminó todo. Ya no podíamos comprar uva de forma colectiva, para hacer el vino y venderlo, ya no podíamos hacer muchas experiencias porque no había suficiente presupuesto… pero, en fin, siempre recordaré aquellos años como una etapa en la que pudimos estimular a toda esa juventud para que se formase para trabajar para la sociedad. La mayoría de ellos están ahora haciendo vino por todas partes de las comarcas de Cataluña y muchos son los que forman el grosor de productores del Priorat actual. Josep Lluis Pérez Ovejero y Montse Ovejero Mas Martinet

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